Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! Pedro le contestó: Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua. Él le dijo: Ven. Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: Señor, sálvame. En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado? En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: Realmente eres Hijo de Dios.
Mateo 14, 22-23
JESUS CAMINA SOBRE EL AGUA TINTORETTO
Día 9 de agosto ¡FELIZ DÍA DE SANTA TERESA BENEDICTA DE LA CRUZ! Nuestra santa, Edith Stein, murió mártir en el campo de concentración de Auschwitz en el 1942. Mística, filósofa, persona íntegra defensora de la igualdad entre todas las personas, firme, sosegada… ¡SANTA!
Avanzamos en los domingos del Tiempo Ordinario, que ocuparán un amplio espacio hasta que comencemos el Adviento a finales de noviembre. Durante este tiempo, leemos el evangelio de Mateo. El pasaje que hoy contemplamos, también lo escriben Marcos y Juan, ambos en su capítulo 6. El sinóptico Lucas, no lo transmite.
Estamos delante de uno de los episodios más populares y que ha sido más cultivado por los pintores, con diferentes variantes según el evangelio que tomen como referencia. El acontecimiento viene después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús busca el sosiego silencioso de la soledad para orar. Los discípulos están “en una tormenta” y Jesús llega para calmar la angustia. Mateo añade el detalle de Pedro caminando sobre el agua al encuentro del maestro, le invade la duda… se hunde, Jesús le tiende la mano a la que se aferra el apóstol.
De los muchos pintores que nos han transmitido este momento de “JESÚS CAMINA SOBRE LAS AGUAS”, “TINTORETTO” es el autor del cuadro que acompaña este comentario. Su nombre, Jacopo Comin (Venecia 1518 – Venecia 31 de mayo 1594). Es uno de los grandes nombres de la pintura italiana, magnífico representante del “manierismo” que es esa forma de pintar donde las figuras aparecen excesivamente alargadas y con apariencia de desproporcionadas. También lo conocemos como Jacopo “Robusti”, nombre heredado de la fortaleza vigorosa de su padre en alguna escaramuza militar. También ha recibido el sobrenombre de “Il Furioso”. Es un personaje intenso.
De Tintoretto hemos presentado aquí diferentes obras, muchas de sus pinturas las podemos admirar en el Museo del Prado. Nuestro cuadro de hoy pertenece a la GALERÍA NACIONAL DE ARTE DE WASHINGTON. Estamos ante una de las más claras presencias de la pintura manierista. Basta fijarse en la figura desproporcionadamente alargada de Jesús, la extraña estrechez frente a la altura de la vela del barco.
La perspectiva de los personajes, el movimiento escénico del grupo de apóstoles de la barca son un indicio adelantado del barroco. Jesús ocupa el primer plano de la escena, no obstante los diversos puntos de atención del espectador, los contrastes de la luz, el movimiento del oleaje, forman una escenografía teatral llena de vida y movilidad. Estamos ante un pintor audaz y lleno de pasión. Un autor que expone en el dramatismo teatral, en el movimiento integrador del aire y la naturaleza, en la firme pincelada, el dominio de la iluminación, acaso sin cuidar tanto la belleza de los colores.
Tintoretto presenta una entusiasmada y difícil anatomía, unas formas retorcidas por el movimiento y la palabra que pronuncian; son personajes en acción permanente, de modo que el espectador tiene la sensación de que cuando mire el cuadro de nuevo las figuras habrán cambiado de posición.
Este pasaje incide en la oración constante como actitud del seguidor de Jesús, el Cristo; hoy, como siempre, seguimos expuestos al oleaje tempestuoso del mar de la vida y sus preocupaciones; pero Jesús camina siempre con nosotros, cerca de la barca, con la mano tendida hacia la serenidad. Dudamos, sí, como Pedro pero basta que tendamos nuestra mirada hacia el Maestro que camina sobre las aguas y sosiega nuestro corazón. Nos entrega su firme seguridad y nos anima al compromiso constante de ser creadores del Reino de Dios que es PAZ, liberta, justicia, fraternidad…
Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.
SANTÍSIMA TRINIDAD VERMEYEN
A lo largo de los diferentes libros de la Biblia encontramos numerosas muestras del amor de Dios a la naturaleza entera, “Amas a todos los seres…” Sabiduría 11, 24; el pasaje del evangelio de Juan que leemos este domingo se refiere especialmente al amor por las personas y su mundo más concreto y cotidiano, por quienes entregó a Jesús hasta las últimas consecuencias, a su Hijo Único, como ya había anticipado con Isaac, según narra Génesis 22, 2 – 16.
Jesús ha llegado a las personas para que todos nos podamos salvar por medio de Él; quien se cierra a este don del amor, ya está juzgándose él mismo porque el amor es crítico y discierne entre creyentes y no creyentes. Recordamos el pasaje de Juan 12, 46 – 48 donde Jesús habla de la luz y quienes la siguen o no la siguen. El evangelio continúa con este tema en los siguientes versículos, que hoy no proclamamos.
En la segunda lectura de este domingo, segunda carta de Pablo a los Corintios, leemos una síntesis del amor y también la bendición en la Santísima Trinidad que ha pasado a formar parte de la liturgia.
Para acompañar a la liturgia de este domingo, propongo la pintura “SANTÍSIMA TRINIDAD” de JAN CORNELIS VERMEYEN (Beverwijk, Holanda 1500 – Bruselas, 1559) pintado entre los años 1530 y 1540 que pertenece al MUSEO DEL PRADO.
El Padre Dios, con sereno rostro meditativo, observa directamente al espectador, parece decir: Aquí tenéis a mi Hijo, el amado, a quien os entregué de una vez para siempre; aquí tenéis a vuestro salvador, muerto en la cruz, a quien glorifico y en él a toda la humanidad.
El Padre Dios sostiene en sus manos a Jesús muerto, al que vemos con las señales de los clavos en brazos y pies, limpio de sangre y con expresión de serena calma porque ya ha superado todo dolor y todo el camino de la cruz. En este Jesús estamos todos recogidos en el abrazo del Padre Dios.
En lo alto, el Espíritu Santo en la figura de una paloma, parece coger impulso para iniciar un vuelo que, desde la divinidad, va a llegar a posarse sobre las cabezas de todas las personas que lo esperan como promesa y fuerza de misión.
Las tres personas de la Santísima Trinidad están rodeadas de ángeles; seis más individualizados tienen con ellos los símbolos de la pasión, entre las nubes revolotean otros seis más propiciando una simbología del número doce como los apóstoles sobre los que se consolida el edificio de la iglesia; al mismo tiempo producen la sensación de movimiento y extensión de la Santísima Trinidad que, en rompimiento de gloria, se proyecta sobre el paisaje de la tierra.
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
El evangelio de Juan presenta todos estos acontecimientos el mismo día de Pascua. Los acontecimientos se agolpan a velocidad de vértigo con las diversas apariciones de Jesús. Ahora ya no vemos al Señor con un título ambiguo, Señor es ya y será para siempre que el título que la fe da al Resucitado.
Comenzamos viendo las puertas trancadas y los discípulos asustados; todo el temor será vencido con el saludo de la PAZ pascual, la duda y el desaliento desaparecen con la presencia corporal resucitada. Jesús atraviesa las barreras externas e internas de las personas.
En el evangelio que leemos hoy, Juan 20, 19 – 23 reconocemos rasgos de una celebración eucarística: es el día del Señor, Jesús está presente en la Comunidad, reconcilia con su palabra y con el perdón, también recordamos la Pasión, está presente el don del Espíritu Santo.
La PAZ es cumplimiento para siempre de las promesas del Antiguo Testamento y de las promesas de Jesús durante el tiempo de su vida. Jesús, el Cristo envía en misión a sus apóstoles y sus discípulos para prolongar su mensaje y su comunidad de vida tal como Él mismo fue mensajero del Padre, para tal misión tenemos la garantía del Espíritu Santo.
El gesto de soplar sobre los que allí estaban reunidos recuerda la creación primera según Génesis 2, 7 o Sabiduría 15, 11; la resurrección de los muertos nos lleva al texto del profeta Ezequiel 37. Estamos ante la creación de la nueva humanidad, dotada del aliento del Espíritu en virtud de la Resurrección de Jesús, el Cristo.
Para este Domingo de Pentecostés encontramos numerosas pinturas esculturas y aún retablos a lo largo de todos los tiempos. Yo aporto este pequeño RETABLO DE PENTECOSTES EN LA CATEDRAL DE CUENCA. Esta catedral de Santa María y San Julián se construyo a finales del siglo XII, no obstante tiene añadidos de los períodos del Renacimiento, del Barroco y aún del Neogótico. Nuestro pequeño retablo es renacentista. Aporto solamente el cuerpo central en sus tres calles. Bajo esta calle está solamente la predela, el cuerpo superior está ocupado por el entierro de Cristo y rematado con la crucifixión de San Pedro.
La calle central del retablo está dedicada al episodio de Pentecostés. Vemos el cielo abierto a modo de cortinaje sujeto por ángeles que nos muestran el cielo en azul luminoso de donde desciende el Espíritu Santo en la doble simbología de paloma que desciende al cenáculo donde están reunidos los apóstoles con María en el centro de la escena.
También el símbolo de las lenguas de fuego, símbolo del Espíritu Santo que está reservado para estos momentos en que desciende y se reparte sobre cada uno de los apóstoles. Este símbolo se repetirá en alguna ocasión cuando se expresa el bautismo de alguna persona en concreto, recordamos que en el bautismo de Jesús también el Espíritu Santo se posa sobre su cabeza en forma de paloma.
Los ropajes de los apóstoles y aún el aire de la escena parecen anunciar y compartir esa sensación de viento fuerte de que hablará más tarde el libro de Los hechos de los Apóstoles. De entre dos apóstoles reunidos con María, podemos reconocer alguno de los evangelistas y escritores por el libro que sostienen en sus manos.
Al fondo se abre la escena a unas edificaciones, pues la misión de los apóstoles será llevar la Buena Noticia de Jesús, el Cristo Resucitado a todas las naciones. Del Espíritu reciben la fortaleza, la sabiduría, la misión…
En los paneles laterales encontramos a los dos Juanes, el Bautista a nuestra derecha y Juan evangelista a la izquierda.
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».
ANDREA MANTEGNA ASCENSIÓN
Mateo concluye su versión del evangelio de forma magistral. En estos cinco versículos condensa su cristología y su visión eclesiológica.
Los discípulos vuelven al origen, a Galilea donde comenzó toda su relación con Jesús. La Ascensión es incluso simbólica, Jesús sube al monte y sus discípulos esperan allí como cuando lanzó su manifiesto (capítulos 5 – 7) y cuando se transfiguró (17).
Los once del momento de la Ascensión representan a toda la Iglesia, por eso “algunos dudaron”. Todos ven al resucitado y han de ser sus testigos, sus misioneros. Jesús, con la autoridad recibida del Padre (alusión a Daniel 7, 14), envía a sus discípulos a una misión universal y no para hacer muchos discípulos sino para que quienes lo sean, sean discípulos en nombre de Jesús. Como señal de consagración misionera administrarán el bautismo con la invocación trinitaria de Dios que es Padre, Hijo, Espíritu Santo.
Mateo plantea que se inaugura aquí el tiempo de la Iglesia, donde siempre hemos de vivir en la misión de anunciar al Resucitado con la certeza de la presencia de Jesús hasta el final de los tiempos.
De entre la abundancia de pintura que recoge este momento, presento “LA ASCENSIÓN” de ANDREA MANTEGNA, pintor del Cuatrocento italiano (Isla de Cartudo, actual Piazzola sul Brenta 1431 – Mantua 1506). Pintó esta abra el año 1460 y se puede contemplar en la Galería de los UFFIZI.
Los colores que plantea el autor son llamativamente atrayentes a la vista. El poderoso celaje de intenso azul está atenuado por el rojo tono del amanecer que aportan los ángeles como en un baile constante alrededor de la figura solemne de Jesús que asciende con el estandarte de la Resurrección, mientras bendice a los discípulos reunidos, en la parte inferior del cuadro, como imagen de la totalidad de la Iglesia y bendice también a la tierra entera presente en la montaña y en la vegetación que llena de vida un lugar que podría parecer árido en torno a la tumba ya vacía pues la vida ha triunfado para siempre.
Los apóstoles rodean a María y así forman un círculo como expresión teológica de la comunidad entre iguales que es la Iglesia desde su inicio; cada uno de los componentes tiene una expresión indicando que el evangelio de Jesús se vive y expresa en diferentes carismas para el servicio de la comunidad; todos miran a Jesús que se dirige al Padre y nos promete el Espíritu Santo que ya parece sobrevolar entre los diferentes tonos de azul y de pinceladas blancas que revolotean entre el cielo y la tierra.